No se cuan diferente fue el desayuno de ese día. Era martes. Martes 17, eran como las 6:12 y ya estaba saliendo porque no me podía demorar mucho. Antes de salir me bebí un vaso grande de agua, consejos de madre. Mi vena estaba azul y dispuesta, la tapaba la chaqueta que a su vez cubría el tronco y brazos del frío que se incorporaba en mí por las mangas, subiendo por los brazos y llegando hasta mi pecho. Tal vez no era ni el frío, más bien el susto.
Catorce minutos después y ya estábamos en el Hospital Regional de Rionegro. Yo mismo había hecho el llamado por la emisora para que la gente donara sangre, la médica dijo que no había, que era Urgente.
Luego de un rato y de la venia de una de las auxiliares, me senté. Mónica, me dijo. Mucho gusto- le dije mi nombre. Dice la doctora que usted nos ha mandado varios donantes-, aseguró la auxiliar mientras en su rostro se dibujaba una gran sonrisa. También me dio alegría, hasta que los guantes comprimidos en las manos de Mónica aprisionaron mi brazo izquierdo.
Primero le vamos a buscar que tipo de sangre es. A lo que refuté diciendo que soy O positivo. Ella tomó mi dedo índice y apretándolo le pinchó con un escalpelo. Sólo cerré los ojos. Que gallina es usted, tiene cara de ser más berraquito, dijo Mónica con cierto sarcasmo y hasta con malicia, a lo mejor para darme ánimos. La gota y media de sangre que salió de mi dedo fue la necesaria para que ella colocara en una plaqueta de vidrio que después de ponerle unos químicos y que la sangre reaccionara me dijo: Usted tenía razón, es O Positivo.
Yo estallé en risa, de esa nerviosa que se mezclaba con lágrimas de preocupación; ya no tenía la chaqueta puesta y el frío de ver tantas jeringas me aterraba. Las dos manos pálidas y heladas, por los guantes quirúrgicos de Mónica, estiraban una banda, entre blanca y amarilla, algo desteñida, pero ese era su color. La aseguró dos dedos más arriba de mi codo y me empezó a examinar como si revisara poro a poro mi brazo. Fue un acto hasta romántico.
¡Aquí está la vena! Dijo Mónica, su voz pudo haber sido semejante al grito de Cristóbal Colón cuando vio tierra, al descubrir América. Mientras su mano izquierda sujetaba mi vena, como para que no se le volara, su mano derecha buscaba una larga jeringa, puntiaguda, escalofriante. En ese momento recordé el frío de la madrugada, aunque ya había pasado más de treinta minutos, pero el miedo no se iba y con él se quedaba el recuerdo de la mañana congelada.
Tome aire profundo porque usted es muy miedoso, dijo. Respiré como para no llorar o no sentir, cerré los ojos y… ¿le dolió?- preguntó Mónica. No, bueno, sólo un poquito- dije. Mueva la mano bastante para que le salga la sangre, usted con esta bolsita puede salvar una vida.
A diario en el Hospital San Juan de Dios de Rionegro, donde está el único banco de Sangre de la región del oriente antioqueño, se presentan dificultades para atender pacientes que necesitan la sangre que a muchos nos sobra y que tal vez esa misma noche la necesitemos.
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